jueves, 23 de junio de 2016

El vacío y la nada

Imagen extraída de Google




       Había sofocado los ruidos de su pequeño mundo empujando a la nada discusiones, llantos y obligaciones. Hasta los ecos abandonaron el hogar. Pero el vacío acústico no era suficiente. Necesitaba concentrarse para escribir la novela perfecta, la que le haría rico y famoso más allá de la muerte. Entonces se deshizo también de los muebles y de sus contenidos, convencido de que así trabajaría al fin sin distracciones. Se acercó con valentía a la nada para despojarse de sentimientos inoportunos y a pesar del esfuerzo, se vio sentado en el suelo junto a la hoja de papel, sin encontrar el comienzo de la historia. La mente errática se perdía en el vacío. Su cuerpo descuidado le enviaba avisos de advertencia y supo entonces lo que debía hacer. En cuidada caligrafía escribió sólo una palabra: «Fin».


                                                                         Lana Pradera

sábado, 14 de mayo de 2016

Última Oportunidad





Última oportunidad



        Nunca he arreglado mis destrozos, pero hoy  me va la vida en ello. He anotado en una lista lo necesario: un buen pegamento que sujete promesas desprendidas, un abrillantador para restaurar la luz de mis ojos que antes te miraban con deseo y unos tapones para que el oído sofoque los cantos de sirena que te alejan cada noche de mi día. No olvido una broca para pulir las aristas de recuerdos amargos que no caben por el sumidero del olvido y obstruyen la llegada de un nuevo presente. El acabado es un barniz de perdón que respeta las cicatrices de la experiencia y realza el valor de mis sentimientos. Ahora, mi corazón te hace guiños para que vuelvas.



                                                                                                       Lana Pradera







(Microrrelato ganador en Gigantes de Liliput de Netwriters - 27-4-2016- Tema- Bricolaje)

 http://netwriters.es/ultima-oportunidad/

(Publicado en la Revista de Verano de Escritores en Red de 2016)




martes, 19 de abril de 2016

Por los aires


Por los aires

Las escaleras son objetos en los que no suelo pensar, porque las aborrezco.

Sé que diréis: ¿Cómo puedes opinar así de ellas? Incluso, desearíais  convencerme de que son estructuras maravillosas que, desde la antigüedad, han elevado el ego humano a una altura insospechada. Es posible. No me resulta difícil admitir que el hombre ha conseguido alzarse, peldaño a peldaño, sobre el resto de seres del planeta y disputar la hegemonía de los cielos a todos los bichos alados que surcan el firmamento. Pero en mi caso, el resultado ha sido funesto.

La sola visión de una escalera vuelve a recrear en mi cerebro situaciones humillantes que me han perseguido toda la vida. Me he caído en todas las que conozco. ¡Sí! Habéis leído bien. He rodado por ellas como un fardo, he roto zapatos y huesos, y hasta he enseñado las bragas. Ahora llevo unos tangas monísimos y los pantalones predominan en mi vestuario.

Cuando se generalizaron los ascensores, puse velas a la Virgen agradecida. De no haber sido por ellos, hoy no estaría con vosotros desbrozando parte de mi biografía.

En el colegio, competía con las amigas. Contábamos el número de cardenales que lucían nuestras piernas. Siempre ganaba yo, aunque ellas presumían de conseguirlos mientras patinaban en la pista de hielo, se tiraban por el tobogán o andaban en bici. Lo mío era más aburrido.

Recuerdo el día más importante de mi corta vida infantil. Me iban a poner de largo. La primera comunión era un acontecimiento memorable para cualquier niña y yo me sentía la princesa de mi propia historia: vestida de blanco, llevando sobre la cabeza un velo hasta los pies unido a un tocado de flores, como una corona, que sujetaba una melena de tirabuzones hechos con tenacillas. Pensando en los preparativos, tuve fiebre la noche anterior y no pude dormir.

Era la hora. Los dos tramos de escalones alfombrados del portal me aguardaban. Un rellano los separaba con dos enormes espejos que flanqueaban los laterales hasta el techo. Al final de la escalinata esperaban mis súbditos: padres, tíos, amigos y fotógrafo. Inicié el descenso. Sujeté los laterales del vestido, como lo hacían las reinas en las películas. Me sentía una de ellas, henchida de gracia y elegancia. Al llegar al descansillo y ver en las lunas mi reflejo multiplicado hasta donde alcanzaba la vista, me sentí transportada a un mundo mágico. Giré como una peonza para verme desde todos los ángulos hasta que tropecé con mis pies y caí rodando hecha un amasijo de tules y enaguas. Mi nariz sangraba sin freno. Fui la única que comulgó vestida de calle a pesar de todos los lloros.

Otro recuerdo imborrable se produjo cuando empezaba el primer curso en la universidad. Unos días antes de asistir a mi primera clase había hecho un descubrimiento genial. Aumentaba seis centímetros de estatura con sólo subirme a unos tacones que, desde entonces, se soldaron a mi anatomía. Más de doscientos alumnos accedíamos al Aula Magna por la parte elevada del anfiteatro. Una escalera central con peldaños de poca altura descendía hasta la mesa del profesor. No hace falta aclarar que bajé ese trecho como si volase sentada en la alfombra de Alí Babá. Fue una entrada triunfal e incluso tuve imitadores.

Y por último, cómo voy a olvidar mi boda. Dije un no rotundo al traje blanco y a los velos; no a las escalinatas; no a las multitudes. Nos casamos en diciembre, un día antes de los Santos Inocentes, menos mal, en pleno luto nacional por la muerte de Franco. Y no fue de tapadillo como murmuraron algunos. Pensaron que estaba embarazada, pero no. La capilla era pequeña y el sacerdote resultó ser un progre de izquierdas; así que puso de vuelta y media a todos los presentes.  A la salida, el diluvio. Mi flamante marido y yo resbalamos en el bordillo de la acera y despatarrados allí, fue donde nos hicieron las mejores fotos. El ramo salió despedido y lo cogió el cura que, al tiempo, dejó de ser tan cura. Desde entonces hemos dudado si estábamos canónicamente casados.

         Por suerte, continua la lucha contra las escaleras y ahora predominan las rampas con lo que mi esperanza de vida parece alargarse.


                                           
                                                                             Lana Pradera

sábado, 2 de abril de 2016

Tocar el Azul



               .



Tocar el azul


                 A pesar de que la sala de espera está decorada en tonos pastel, froto mis manos al notar que se humedecen. Mi hijo, de cuatro años, entra acompañado del tutor y nos sentamos los tres alrededor de una mesa. El niño despliega unas cartulinas blancas con dibujos de colores que alinea de forma rutinaria.

                Señala uno a uno los pictogramas en una secuencia ordenada.

                «» niño-Yo «» niño anda «» dos manos se estrechan «» persona-Papá «»

                «Yo voy a saludar a papá»


                Me tiende la mano sin desviar la mirada de la punta de sus uñas. Acerco la mía. Una caricia azul empaña mis ojos, pero permite que vea cómo aquellos dedos infantiles no huyen de mí.

                                                                                          Lana Pradera

sábado, 5 de marzo de 2016

Revista Ultraversal

   He sentido una alegría enorme al ver que la Revista Ultraversal ha incluido en su quinta edición tres de mis microrrelatos. Mi agradecimiento más sincero al equipo directivo por contar con mi trabajo. Es un placer compartir espacio con escritores de tanta solvencia.


   No te pierdas todo lo que Revista Ultraversal trae para ti en su edición número 5 y léela online o descárgala gratuitamente haciendo clic aquí:

Revista Ultraversal ed. nro. 5

sábado, 27 de febrero de 2016

Presentación Antología de microrrelatos - Pequeños Gigantes

    
El día 5 de febrero Ediciones Atlantis y Netwriters presentaron en Madrid  la antología de microrrelatos Pequeños Gigantes. En ella participo con nueve micros y me siento muy orgullosa de compartir espacio con el excelente trabajo de doce magníficos escritores que, a la vez, son estupendos compañeros y amigos.
                   



                               

(Emilio Porta - Fundador de Netwriters)

(Enrique Gracia Trinidad - Fundador de Netwriters)

          
(Carmen Fabre - Fundadora de Netwriters. Miembro de su Junta Directiva y responsable de la publicaciones de narrativa)


         

                                                      (Lana Pradera)

domingo, 29 de noviembre de 2015

Sin esperanza





Sin esperanza



        Un indeterminado número de personas se alineaban en la calle junto a la pared de las casas, en espera de que abriera la Oficina de Empleo. Formaban una fila larga y apretada que podría asemejarse a un gusano de múltiples pies en su búsqueda de hojas de morera. Cuando la puerta se abrió, entraron y ocuparon el espacio como una marea sin retorno. Tampoco habría suerte esta vez. Frustrados y al igual que haría el gusano de seda, tomaron la única salida: encerrarse en sus capullos en un letargo anhelante para intentar alcanzar su verdadero sueño: ser mariposas.

                                                                 Lana Pr
adera